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La Casa Chinkara (nombre que proviene de una pequeña gacela que se encuentra en India) está ubicada en un área privilegiada rodeada por bosques y cerca de la ciudad de Guatemala. Se presenta como una vivienda dual que explora el contraste entre lo natural y lo intervenido por el hombre; lo primitivo y lo actual. Es un hogar diseñado para apreciarse desde adentro hacia afuera, ya que atesora las rarezas y curiosidades que sus propietarios han descubierto durante los distintos viajes familiares que han realizado.

Cada una de las estancias de esta residencia se ordena armoniosamente a partir de un centro en común: la galería de arte. Se trata de un lugar íntimo de contemplación, un contenedor de experiencias materializadas en las obras que la conforman. Cuenta con piezas de artistas latinoamericanos, fotógrafos y escultores. Pero sobre todo, es un cofre de recuerdos expuestos en diversas colecciones de arte, algunas eclécticas, otras bohemias y otras heredadas de familia, la mayoría con colores chocantes, patrones, texturas y referencias culturales.

En términos arquitectónicos, la casa se imaginó como una roca emplazada en el terreno, un elemento etéreo ordenado a partir de las curvas del nivel. El volumen rocoso es esculpido de tal forma que permite la iluminación cenital de la galería y la fuga visual de los diferentes ambientes que se encuentran dentro de él hacia el paisaje natural.

Este volumen en piedra funciona como el corazón del edificio, alrededor del cual se adhieren, penetran o superponen las áreas de la vivienda. Cada una está contenida dentro de espacios blancos forrados en un material artificial que, contraponiéndose a la piedra, simboliza la intervención del hombre en el entorno natural del proyecto. Como resultado, la residencia se lee como una combinación armoniosa entre el terreno, la piedra y el hombre.

Aun cuando puede interpretarse como una composición masiva de volúmenes, por dentro las estancias conservan una escala íntima y humana. La calidez de la madera en el piso, lo rústico de la piedra, la altura de los ambientes y la ornamentación de estos refuerzan la idea del buen vivir e invitan constantemente a los residentes a la contemplación y la intimidad.

A esta noción introvertida del proyecto se contrapone la experiencia de la casa hacia el paisaje. Exceptuando a la galería de arte, cada una de las habitaciones posee un espacio definido que se abre hacia el exterior integrando la riqueza de la vida natural con las experiencias contenidas en el interior.

Grandes ventanales de color rojo intenso, incrustados en el edificio, denotan esta intención de enmarcar el paisaje desde adentro. Por fuera la casa se ve como un conjunto de vitrinas que exponen el interior, así como las vivencias de sus habitantes en el día a día, mientras que por dentro todas las actividades de los residentes se ven ornamentadas por un fondo natural integrado por las diferentes especies de árboles, animales y sonidos del exterior.

El mobiliario, los ornamentos y los materiales en el interior se componen de piezas recolectadas alrededor del mundo, las cuales distribuyeron creando una narrativa de las experiencias vividas. Esta explora sus viajes, intereses artísticos y culturales, formas, colores… en fin, su forma de vivir.

En definitiva, este hogar es más que una vivienda, es un intermediario entre lo natural y lo artificial; lo íntimo y lo externo; lo masivo e impresionante con lo residencial y cotidiano. Además, entre sus paredes encierra vivencias y emociones como testamento de la vida de quienes lo habitan.

Este proyecto estuvo a cargo de Solís Colomer y Asociados Arquitectos. El diseño arquitectónico fue del arquitecto Mauricio Solís y el diseño interior fue de Joanna de Goyzueta. Puede contactarlos en su página http://soliscolomer.com/

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