La Residencia Villamar se destaca como una volumetría arquitectónica, protagónica y dinámica. Es la articulación de tres volúmenes blancos con un ritmo muy claro y definido. Se trata de un proyecto contemporáneo que rescata sutilmente elementos de arquitectura tradicional ecuatoriana, como muros portantes, lienzos blancos versus perforaciones para ventanas, en su gran mayoría retranqueadas (empotradas) para enfatizar efectos de luz y sombra, entre otros.

Ubicada en Cumbayá, Ecuador, la implantación de la casa fue concebida como un entorno continuo, sin barreras y abierto al espacio público. La propuesta también genera una gran superficie verde como aporte al entorno. De hecho, uno de los principales retos fue el respetar la vegetación existente en el terreno.

La extensión de los dos volúmenes frontales hacia sus extremos provoca una especie de abrazo de bienvenida a los visitantes debido a su configuración espacial, y en su punto de encuentro (pivote) es donde se produce el ingreso principal a la vivienda. El área exterior se divide en dos usos claramente diferenciados: una abierta y continua que resalta la arquitectura desde lo público, y otra cerrada de carácter privado, donde se desarrolla la vida cotidiana de sus propietarios.

En la casa hay tres niveles: planta principal, planta alta y subsuelo. En la planta principal se desarrollan la mayoría de los componentes del conjunto; en la planta alta hay un estudio privado; y en el subsuelo están el gimnasio, los estacionamientos y las bodegas con vivienda de servicio, que pueden funcionar de manera independiente.

La planta principal se zonificó en cuatro grandes espacios: en el primer extremo (más privado) está el dormitorio principal, conectado a través de una galería para obras de arte hacia la sala-comedor. Junto a este se encuentra la zona de cocina y complementos, y al lado opuesto, un espacio lúdico y de televisión. Unido a la sala está el eje de circulación vertical a través de un ascensor.

En el segundo piso el ascensor se conecta al estudio a través de un puente de cristal. Por su parte, el subsuelo se conecta con la planta baja a través de una gran perforación; un atrio que permite la entrada de iluminación natural a los estacionamientos y de manera específica a una sala de estar. Dicha perforación permitió incorporar árboles que recorren los diferentes niveles de la casa. Existe un área adicional recreativa, donde se ubicó una piscina, área verde, sauna-turco y zona de barbacoa.

Al interior, la relación de vanos y llenos y el juego de las dobles alturas enriquecen los espacios y le dan un valor añadido. Reflejan que el espacio no es solamente una superficie construida, sino que el proyecto se comprende y se percibe en volumen.

De igual forma, se pueden definir dos tipos diferentes de escalas y sensaciones. Una amable para los espacios privados, y otra de gran formato (doble altura) para las áreas sociales. Como complemento a la arquitectura de interiores, se seleccionaron muebles proporcionales al espacio, carpintería específica para el proyecto, mobiliario, objetos decorativos, telas y tapices importados. Además, un diseño de iluminación específica, sistemas de audio y seguridad integrados, entre otros.

Según los arquitectos, la intención fue hacer una propuesta diferente, con una fuerte identidad y con un sello propio de diseño. Esto lo lograron con fachadas protagónicas en equilibrio y armonía; espacios fluidos y sencillos; luz, naturaleza y serenidad.

Este proyecto estuvo a cargo de Diego Guayasamin Arquitectos, del arquitecto Diego   Guayasamin. Contó con la colaboración del arquitecto Pablo Espinoza y con Luis Roggiero en el diseño estructural. Puede contactar la firma a través de su página www.diegoguayasamin.com

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