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En el idioma quechua de Perú, pakta significa unión. En este caso, el restaurante Pakta es la unión de dos culturas y dos gastronomías: la nikkei (japonesa) y la peruana. Esto no solo se denota en la oferta del menú, sino también en el diseño y la decoración del lugar que cuenta con todo el colorido y estilo que evocan su tradición y sus ingredientes.

Este singular restaurante está ubicado cerca de la zona cultural del Mercat de las Flors en Barcelona. El local cuenta con barras, cocina y mobiliario que hacen clara referencia a la arquitectura de las tabernas japonesas tradicionales, mientras que la explosión de colores recuerda el colorido de Perú. Esta “segunda piel” cromática se materializa a través de la referencia directa con el telar peruano, lo que aporta una espectacular combinación de colores en contraste con la austeridad japonesa.

Según explicaron sus arquitectos, esto pone de manifiesto la raigambre de este elemento en la artesanía de la cultura peruana. Además, comentan que la reinterpretación del telar peruano va más allá, secuenciando su propio proceso de elaboración a través de las paredes de Pakta, un elemento que aporta carácter tridimensional al espacio y brinda vitalidad y movimiento.

El local de este restaurante es pequeño, alargado y tiene una fachada diminuta, lo que provocó plantearse cómo maximizar la distribución de espacios. Por ello dividieron las zonas de trabajo en tres piezas: la barra, el comedor y la cocina.

En el acceso, la barra de sake y pisco actúa como filtro entre exterior e interior. Se construyó a través de un entramado de madera tridimensional que sirve como estantería y filtro visual. Por otra parte, en la calle la barra se convierte en fachada y da la bienvenida con una composición de colores ajados, lámparas japonesas, elementos gráficos y una selección de productos.

Al pasar el entramado de madera se accede la zona de comedor donde está la barra de sushi. Se trata de un elemento antagónico a la barra de sake y pisco, compuesto por tres piezas pétreas pesadas y luminosas, en las cuales trabajan los “sushiman”. El hecho de dividir la barra en “piedras” separadas entre sí y elevadas del suelo ayuda a contener la escala reducida del local y a crear una sensación de ligereza.

Al final se sitúa la cocina, concebida como una caja luminosa que deja entrever la actividad de los cocineros en su interior a través de una “piel” de paneles de vidrio con diversos grados de transparencia.

 

Telares y acabados

Los telares abarcan todo el espacio de comedor a través de tres secciones transversales diferentes que se repiten, aunque varían en tonalidades para crear un ritmo de color variable. Algunas piezas longitudinales, puestas en diferentes posiciones y alturas, acaban de “coser” el espacio y crear la sensación envolvente.

Cada telar se diseñó uno a uno, intercalando llenos y vacíos, zonas de gran intensidad cromática con otras más neutras, al igual que colores cálidos, rojizos, dorados, verdosos y marrones. El tejido es de algodón de aspecto artesanal, tacto rugoso y acabado mate. Como contrapunto al color se integró un telar blanco que desprende luz, construido con un tejido más fino y brillante.

La estructura de los telares es un doble marco de madera. El tejido gira alrededor del marco interior, el cual unido al marco exterior a través de un tensor, permite tensar los hilos de los telares siempre que sea necesario.

En cuanto a los acabados, estos son naturales y con la menor transformación posible desde su estado original, ya que la pureza de lo natural está muy presente en las culturas japonesa y peruana.

La madera para las barras y mesas es roble americano en el que se notan pequeñas imperfecciones y nudos, lo que los convierte en elementos diferenciadores que los dotan de personalidad. Asimismo, las barras de sushi son de mármol con un acabado poco pulido, basto, con juntas y grietas que recuerde a piezas extraídas de una cantera.

Finalmente, la iluminación, que se manifiesta a través de luz en algunos de los telares para lograr ritmo y dinamismo, se diseñó con el objetivo de crear una atmósfera adecuada para que los protagonistas sean el plato y la comida. Una fusión entre lo claro y lo oscuro, al igual que entre la simplicidad y el color.

Sin duda, en Pakta se reinterpretaron dos culturas a través de elementos tradicionales emblemáticos, creando una solución visualmente potente pero equilibrada, espontánea y racional, hilarante y silenciosa a la vez, para que el cliente pueda sumergirse en una experiencia gastronómica única en su clase.

Este proyecto estuvo a cargo de Oliver Franz Schmidt y Natali Canas del Pozo, de la firma El Equipo Creativo, junto con sus colaboradores Mireia Gallego, Cristina Huguet y Lucas Echeveste.

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